
Según el Ministerio de Cultura, «los territorios creativos son entornos físicos o digitales cuyas dinámicas de los ecosistemas culturales y creativos se reconocen por su compromiso con los principios de la economía creativa, por el papel central que desempeña la dimensión simbólico-cultural de sus bienes y servicios, y por la eficiencia, eficacia y efectividad de su gobernanza. Se caracterizan por la articulación entre agentes culturales y creativos, las administraciones públicas, la iniciativa privada y la sociedad civil, con vistas al desarrollo sostenible de sus ecosistemas.
Más que una simple delimitación geográfica, el territorio creativo constituye una estrategia de desarrollo local y regional basada en la identidad cultural, la diversidad, la innovación y la participación social. Su fuerza reside en la capacidad de transformar las vocaciones culturales y creativas en la generación de empleo decente, ingresos dignos y un impacto social positivo. En los territorios creativos, la cultura, la economía y la sostenibilidad actúan de forma integrada, fortaleciendo las cadenas productivas y ampliando las oportunidades para los trabajadores y trabajadoras de la economía creativa».
Me gusta mucho esta definición porque organiza, en forma de política pública, algo de lo que Brasil siempre ha tenido en abundancia: creatividad, diversidad cultural, conocimientos propios, formas de hacer, tradiciones, fiestas, gastronomía, artesanía, recuerdos, paisajes y formas de vida muy singulares. Lo que quizá aún falte, en muchos casos, es reconocer el potencial estratégico del desarrollo territorial. Cuando hablamos de economía creativa desde la perspectiva de Raízes, el punto central, para mí, es la conexión. Se trata del fortalecimiento de las redes locales y de la capacidad de observar un territorio y percibir la existencia de un ecosistema creativo. Y, cuando ese ecosistema se reconoce, se organiza y se fortalece, el territorio adquiere protagonismo.
Los territorios creativos comienzan a formarse cuando los emprendedores se reconocen mutuamente, la comunidad comprende que lo que sabe hacer tiene valor, y la iniciativa privada, las organizaciones de la sociedad civil y los agentes locales logran construir una gobernanza viva, capaz de generar caminos concretos hacia el futuro. Para mí, ese es el gran punto de inflexión: demostrar que el territorio es productivo, que la creatividad que habita en él tiene fuerza económica, simbólica y social, y que esa fuerza puede generar ingresos, circulación económica, autoestima y calidad de vida.
Un artesano por sí solo tiene valor. Una cocinera tradicional tiene valor. Un guía turístico tiene valor. Un grupo cultural tiene valor. Una asociación comunitaria tiene valor. Pero, cuando estos actores están desconectados, el potencial de transformación queda limitado. En los territorios creativos, la perspectiva cambia. Ahí es donde entran en juego la gobernanza, la cualificación, el plan de futuro, la articulación con los mercados adecuados, el cuidado de la identidad local y la construcción de una narrativa territorial auténtica.
La cultura no es un elemento secundario: es capital humano
La creatividad es un capital, y yo diría que es un capital que va más allá de muchos otros, porque abarca diferentes sectores y crea posibilidades de transformación. La cultura, en este sentido, es un referente fundamental. Va más allá del espectáculo; está en la forma en que un pueblo interpreta el mundo, se organiza, celebra, cultiva, cocina, baila, canta, acoge, narra su historia y construye un sentido de pertenencia.
Quizás lo vea así porque la cultura siempre ha estado muy presente en mi formación. Vengo de una historia familiar marcada por grupos de congá, por personas vinculadas a la memoria, a la historia y al reconocimiento de los territorios, especialmente en Minas Gerais. Me crié en una familia que siempre ha considerado la cultura como un factor de enriquecimiento, de sanación personal, de sabiduría, de sensibilidad y de creatividad.
La danza, la música, la moda, la historia y las ganas de descubrir lugares y personas me han ido forjando. Más tarde, el turismo entró en mi vida también por esa vía de la cultura, por el deseo de explorar, de comprender cómo viven las personas en un lugar determinado, cómo cantan, cómo bailan, cómo contemplan las plantas, cómo cuentan sus historias, cómo se relacionan con lo que han heredado de sus antepasados.
Esa visión me acompaña hasta hoy. Creo firmemente que el mundo es un lugar de aprendizaje y que los territorios tienen identidades propias. Y esas identidades deben respetarse, conocerse en su esencia y fortalecerse con cuidado, sin interferencias negativas.
La economía creativa como estrategia de desarrollo
El mensaje que me gustaría transmitir a las empresas, las organizaciones, las administraciones públicas y los socios es muy sencillo: tenemos que dejar de considerar la economía creativa únicamente como un conjunto de actividades culturales aisladas. Cuando tratamos el arte, la cultura, el turismo, la artesanía, la gastronomía, los conocimientos tradicionales y la innovación como elementos separados, perdemos la fuerza del conjunto. Pero cuando contemplamos estos elementos como parte de un territorio vivo, conectado y productivo, empezamos a vislumbrar posibilidades mucho más profundas.
Los territorios creativos pueden generar ingresos, sí. Pueden fortalecer las cadenas productivas, sí. Pueden atraer visitantes y ampliar los mercados. Pero también pueden hacer algo aún más importante: ayudar a un pueblo a reconocer el valor de lo que es.
Por eso, deseo de todo corazón que la economía creativa se entienda cada vez más como una estrategia de desarrollo territorial —y sigo aquí para hacer que eso sea posible con mi trabajo—. ¿Te vienes conmigo?
Por Jussara Rocha

